
La boca de Julián olía a menta, a tabaco negro, a vino tinto. La suya era una boca carnosa y plena que cubría la mía por entero al tiempo que su lengua se deslizaba como un pez de fuego. Mordí sus labios con suavidad, sin impedir que de entre los míos se deslizaran los profundos jadeos que preludiaban un orgasmo tan explosivo como los anteriores.
Julián abrazaba con dulce firmeza mis caderas, sin despegar su boca de los golosos dientes de la mía. Sus ojos abiertos eran espejo de mi placer desbordado. Me aferré temblando a su torso, y con una mano acaricié sus cabellos negros y sus mechones entrecanos. Él oprimió mis nalgas, abriéndolas más al deleite de la polla de Antonio que permanecía palpitante hasta muy adentro del lubricado calor ondulante de mi culo.
Las manos de Antonio, su suavidad extrema, sus dedos finos y seguros abarcaban mis senos, sosteniéndose de ellos, mientras su aliento golpeaba mi nuca y mi cuello transpirado.
Julián separó su rostro para contemplarme y contemplarse clavado en mi coño, sintiendo mis apretones alrededor de la gorda largura de su miembro también hundido a fondo, palpitando quieto, succionado entre mis muslos abiertos en la orilla de la cama donde yo cabalgaba a Antonio, muy despacio.
Ninguno de los tres hablábamos. Ninguno quería romper la magia de los cuerpos que el mío recibía y albergaba gozosa desde las primeras horas de la tarde, después de la charla de sobremesa en la que hablamos de nuestras peculiares fantasías, de los amantes que cada cual había tenido, de las diversas formas de entregar y de recibir placer, de lo que les gustaba el delicado color de mis medias azabache y la insinuante pronunciación de mi escote y la filigrana del encaje.
Me sentía llena y dichosa, y así me contemplaba en el espejo de piso a techo que reflejaba la imagen de mi carnalidad, la plenitud hedonista de mi cuerpo al abandono entre dos cuerpos deseantes. Eché hacia atrás la cabeza y mi cabellera cubrió el rostro de Antonio, que jadeaba en mi oído. Las dos pollas latían en mi interior con la tierna violencia del anhelo.
Flexionando más las piernas subí los pies a los hombros de Julián, extendí un brazo y atraje hacia mi boca la deliciosa verga de Carlos, y empecé a comérmela. Deslicé mi lengua por la suculenta cabeza, comencé a paladear sus hilos cristalinos, a apretar su base y a envolver los huevos suaves y pesados.
Antonio soltó mis senos y se recostó por entero sobre la cama y sin salir de mí, para que Amarilis se colocara en cuclillas sobre su boca, y fuera ella en su lugar quien besara mi nuca, oprimiendo sus pezones enhiestos en mi espalda, deslizando sus manos por mi cintura, por la turgencia de mis senos y la pasión de mis labios inflamados. Julián nos contemplaba arrobado, resollante y sin decir media palabra.
Nadie hablaba. Éramos cinco jadeos acompasados, cinco chapoteos, cinco gemidos transformados en un terso monosílabo llenando con su armónica dulzura el aire denso. Sólo las tres pollas temblaban, se abrían paso, entraban y salían entre mis repliegues empapados de aceite, de almíbar y saliva. Como la sombra tenue, la luz tenía un aroma a sexo enarbolado en pleno vuelo.
Así empecé a correrme intensa y largamente en la prodigiosa extensión de tres hombres que me brindaban placer resbalándose en mí, llenándome. Amarilis se contoneaba ofrendando su sexo pelirrojo a la sabia lengua de Antonio, cuya dureza y grosor iba en aumento al igual que la de Carlos en el hambre de mi boca.
Fue mi grito acallado por la verga de Carlos el que rompió el mágico silencio. Siguió el hondo y sorpresivo jadeo de Amarilis, en cuyos pechos me recosté arqueando la espalda para que la polla de Julián me entrara más profundamente. Empuje hacia abajo las caderas. La verga de Antonio pulsaba poderosamente al derramarse. La de Carlos transformó mi paladar en un salado manantial inacabable.
La leche de los tres ya era un rico y único volcán a borbotones mientras el aire se impregnaba de crecientes y rítmicos gemidos. Luego se hizo otra vez la complicidad empapada del silencio. Me quedé quieta, de nuevo, al tiempo que la tarde se llenaba de pájaros y flores.
Por la noche Amarilis y yo nos bañaríamos juntas con espuma generosa, escucharíamos un disco, nos leeríamos el capítulo de alguna novela, descorcharíamos una botella de vino blanco como lo hicimos la primera vez que estuvimos juntas y que recogí para ella, a modo de ardientes páginas de un diario, en mi cuento La Hoguera que tanto le gustaba.
Evocaríamos riendo esos instantes fabulosos que pasamos con nuestros tres amigos, antes de dormir abrazadas con un tibio sabor de almendras con sal gruesa entre las bocas, y a gotas de miel bajo el placer de cada beso.
Luego el silencio desnudaría más, aún más, nuestros cuerpos abiertos.
Nota del Editor.- Texto publicado sin el permiso de Rowe (Sorry Rowe, pero está muy bueno).